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sábado, 7 de noviembre de 2009

ENTRE RITOS Y CEREMONIAS

El hombre es animal de costumbres, eso dicen. Yo diría animal de ritos. Tendemos a hacer las cosas siempre en el mismo orden, de la misma forma, con los mismos movimientos, con las mismas palabras. En definitiva, sacralizamos lo trivial, hacemos algo insólito de la rutina para seguir pareciéndonos a nosotros mismos.
Pero esto es filosofía.
Lo cierto es que hace frío. Mi termómetro ha tenido una caída "p´haberse matao", todos sus esfuerzos para superar los doce (12) grados han sido inútiles. Y como quien manda, manda, y si quien manda tiene frío es que hace frío, la simple insinuación de que ya va siendo hora de encender la chimenea es, para mí, una orden de obligado e ineludible cumplimiento.
Cierto. Tienes razón en lo que estás pensando; pero los privilegios son los privilegios siempre que vivas en el campo: No tengo ascensor; pero tengo chimenea. Bueno, tenía, que ahora es una estufa. Pero con cristal, ¿Eh? para ver las llamas.
¡Ah, sí! A esto venía lo de los ritos. La tarde que se enciende la chimenea (o estufa) por primera vez en el año, tiene su ceremonia. ¡Diez años hace ya que prescindí de una parte de ella!: encender una cachimba.

El resto es: Buena compañía, una copa de vino de Oporto, unas galletitas saladas y una cuña del mejor Stilton bien curado.
Y poner los ojos como platos sin separar la vista de las llamas, así, sin pestañear hasta la madrugada.