Como estaba previsto, el sábado fuimos a Oleiros para asistir al festival del cabrito estonado y del maranho.
Lo que no habíamos previsto es que Oleiros es un pueblo de montaña y que la carretera de acceso no tiene cincuenta metros en línea recta. Hora y media nos llevó hacer los escasos cincuenta kilómetros entre Castelo Branco y Oleiros.
Menos mal que no nos entretuvimos demasiado en nuestra visita a Idanha-a-Velha y aún así llegamos a tiempo. Es decir, llegamos tarde, los portugueses a las dos de la tarde ya han terminado de comer.
En los carteles anunciadores se recomendaba hacer reseva de mesa para este evento. Nosotros habíamos elegido un restaurante al azar, "Regional". La ventaja que tiene ser los últimos es que, Prazeres, la dueña nos acompañó a los postres y nos contó los pormenores del menú, incluso nos dio alguna receta.
Fue un auténtico festín, pedimos probar de todo un poco, poniéndonos lo que ellos entienden por "poco", o sea, abundante.

El cabrito estonado es una especialidad de aquellas tierras. El cabrito no puede tener más de cuarenta días, después del sacrificio se le introduce en agua hirviendo y se le arranca el pelo con una arpillera, de modo que se le deja con su piel, después se eviscera y se rellena con hierbas, dejándolo mortificar toda la noche. Al día siguiente se asa entero en el horno quedando con la piel tan brillante y crujiente como si se tratase de un lechón. Se acompaña de un guiso de arroz con los menudillos del animal.
Otra de las especialidades de la zona es el maranho. Se trata de un embutido a base de carne del cabrito, tocino y chorizo mezclado con arroz crudo y aderezado con vino blanco y mucha hierbabuena. Se coloca todo en unas bolsas hechas con trozos de estómago de cerdo que se cuecen hasta que el arroz está hecho. Se sirve cortado en rodajas de un centímetro o centímetro y medio de grosor, acompañados de gajos de naranja y patatas fritas.
La tercera delicia que disfrutamos fué el bucho, un embutido de carne de cabrito o cabra con hierbas, hervido y rematado en el horno, cortado también en rodajas y que se acompaña de ensalada y gajos de naranja.
Un vino de la tierra de un color carmín casi negro, de sabor algo dulzón, fue el complemento ideal de un señor banquete, que completaron, los que pueden, con un dulce de huevo que tenía una pinta estupenda. Como colofón unos cafés como sólo se toman en Portugal y unos chupitos de bagaceira para quedar como señores.
El regreso lo hicimos por el camino largo; pero sin carreteras de montaña (casi).


